16 de agosto de 2018

El mismo ritual de todos los mares


Ahí está. Ya podés olerlo. Empezás a levantar la cabeza, tratando de buscarlo entre los árboles, entre los techos de las casas, por las ventanas que te dejan las calles en bajada. Y de repente lo ves. Por fin lo ves. Escondido entre los huecos que todavía le quedan a la ciudad, ahí se extiende, inmenso, azul impoluto, azul intenso, azul hasta el colmo.

El corazón te da un salto, el cuerpo se te frena y buscás alargar los segundos para mirarlo un poquito más. Es tuyo, es todo tuyo y te está esperando.

Acelerás el paso, lo perseguís entre las callecitas, empezás a seguir el rastro de arena, corrés, hacés volar las zapatillas, corrés cada vez con más entusiasmo, sentís el calor en los pies pero es una quemazón que da gusto, y ahí viene el alivio, ahí viene la felicidad. Sí, por fin. Esto es la felicidad: tus pies en el agua, bañados en ese inmenso azul con el que tanto soñás.

Volvés a respirar con calma de a poco mientras lo mirás, enamorada. Lo recorrés entero, lo sobrevolás sin tocarlo. No tiene final. Cerrás los ojos, lo olés con ganas. Sí, es él. Empezás a escucharlo. Suena a paz, suena a calma y a paraíso. Con los ojos cerrados, te dejás llevar por su música. Te envuelve, te mece, te sumerge y el viento te despeina haciéndote volar. Suena a todo lo que siempre quisiste, suena a felicidad y a perfección. Huele a infancia, a abrazo, a sueño cumplido y pecho abierto de par en par.

Avanzás un poquito más, el agua te llega a las rodillas y empieza a salpicarte la ropa. Este es un frío que da gusto.

Cuando se calma un poco la ansiedad del primer contacto, te relajás, recuperás las zapatillas, te ubicás en algún hueco sin gente, cerca del agua. Le siguen unas horas de revolcarte en la arena, en todas las posiciones, de absorber el sol, de dejarte llenar de todo el calor del mundo. La piel que brilla, que suda, que se calma con unas brazadas a contra marea y flotando donde ya no rompen las olas. El ritual se repite hasta que no hay más sol ni más plenitud que le entre al cuerpo.

Antes de la partida volvés a acercarte a la orilla y mojás tus pies para despedirte. Las olas van y vienen, se acercan, se elevan, bajan y se alejan, para volver unos segundos después. Para volver a volver. Para acariciarte. Van y vienen. El vaivén es constante. No se cansan.

Así es el mar. Hermoso, lleno de sol, generoso, infinito y abrazador. Enorme, incasable, perfecto y azul. Y yo te juro que si apoyás la oreja sobre la arena, hasta podés escucharlo palpitar.

20 de junio de 2018

El Camino de Santiago, una experiencia

El Camino de Santiago es una peregrinación católica de origen medieval cuyo propósito es llegar a la tumba atribuida al apóstol Santiago, en la catedral de Santiago de Compostela, siguiendo el paso de los antiguos peregrinos. Hoy es la ruta más concurrida y celebrada de Europa, y es frecuentada por gente de todo el mundo a pie, en bicicleta o a caballo.

Las motivaciones son muy variadas: devociónreligiosa, conocimiento personal, desafío deportivo, acercamiento a la naturaleza, y otras infinitas motivaciones personales. Cada peregrino tiene su motivo y eso es lo hermoso y enriquecedor del trayecto.

Yo empecé este camino con bastante miedo por las tres motivaciones que me llevaron a elegirlo: desafío deportivo (nunca había pedaleado tantos kilómetros en una semana, sola y en un lugar nuevo), conocimiento personal (aunque suelo ser bastante solitaria, esto iba a ser una gran prueba de convivencia conmigo misma) y acercamiento familiar (mi familia materna proviene de España).

Me pasé siete días siguiendo flechas amarillas y carteles con la concha amarilla (sí, acá se dice concha). Como un juego que fue muy divertido de jugar, en cada esquina, intersección o bifurcación había que buscar la flecha amarilla pintada en la calle, en algún poste, pared o cordón de la vereda, y seguirla. Como Dorothy que siguió el camino de flores amarillas hasta el palacio del Mago de Oz, yo seguí el camino de flechas amarillas hasta Santiago de Compostela.

Lo seguí durante siete días, por asfalto, ripio, barro, piedras, charcos, puentes, vías de tren y arena. Lo seguí bajo la lluvia, con el frío de las siete de la mañana y bajo el sol de las tres de la tarde, que hacía sonar las maderas. Lo seguí a grandes velocidades en las bajadas y empujando la bici por subidas de piedras y barro donde se hacía imposible pedalear. Lo seguí sola siempre, pero saludando a miles de peregrinos y deseándonos buen camino mutuamente.

Vi jóvenes, vi gente muy mayor, vi gente dolorida, con vendas, ardidos por el sol, gente con capacidades y enfermedades diferentes, de todos los países, de todos los idiomas y las formas. El común denominador fue estar dándolo todo por una motivación. Todos alentándonos, convidándonos agua y ofreciéndonos ayuda de cualquier tipo. He visto una humanidad que hace tiempo ansiaba ver y me he sentido muy afortunada de poder estar haciéndolo: física y mentalmente (porque los miedos que tuve que romper para estar aquí, fueron varios).

Un gato anduvo conmigo sobre mis alforjas, un ciervo cruzó el camino justo en frente mío, acaricié una vaca, aprendí de árboles, el sol me guió y el viento se llevó todo lo que quise soltar. Las piernas siempre pudieron más, los árboles supieron darme alivio, canté a los gritos, hablé sola y un pajarito compartió conmigo una tortilla de papas. La cuesta fue posible, la montaña me devolvió el aire y el pecho se me ensanchó. Le regalé a un río mis lágrimas y otras se secaron con el sol y con el viento de la bajada. El camino me regaló felicidad, supe ser mi propia compañía y corroboré que el cuerpo siempre puede todo lo que la mente se proponga. Aprendí que el miedo sólo está en nuestras cabezas y cada vez que lo vencemos nos hacemos gigantes.

Después de 7 días y 500 kilómetros, llegué a Santiago de Compostela. Llegué con el corazón explotado de emoción y la nuca ardida de sol e inmensidad. Llegué para conocer la farmacia que fundó mi tatarabuelo, y hoy sigue en pie, siendo una farmacia, con los frascos que él usaba para trabajar. También llegué a la universidad donde estudió medicina mi bisabuelo antes de irse a Argentina. Llegué a la calle Castro y la caminé por sus dos veredas. Llegué, de la manera que yo elegí, a la tierra donde nacieron los Castro que llevo en mi sangre y en mi apellido.

22 de septiembre de 2014

Más amor por favor

Voy a llenar la ciudad de amor. Gritar desde cada esquina tu nombre. Contarle a cada peatón del amor que siento, del calor, de la piel, del corazón latiéndome en la mano. Voy a correr de tu mano, llenar la calle de colores, cantar, silbar, besar. Voy a pintar en cada puerta un corazón. Entregar amor. Hablar de amor. Repartir amor. Dejarlo en cada parada de colectivo. Hacerlo viajar. Impregnar amor, regar amor, soltar amor. Soplarlo a cada ventana, que haga bailar las cortinas y se choque con los espejos de las casas. Que se chorree por todos los vidrios y haga mucho ruido. Voy a hacer que envuelva toda la ciudad. Que encienda el sol, impulse los vientos y llueva en septiembre. Para que nos llueva amor, nos moje, nos inunde y nos revolquemos en él. Y en las camas y en los autos y en las duchas. Nos llenemos de amor, nos contagiemos de amor, explotemos de amor. 

15 de septiembre de 2014

No quiero acostumbrarme

No quiero acostumbrarme nunca a tu presencia. No quiero que no haya más sorpresas, ni más carcajadas, ni más historias por contarnos. No quiero quedarme sin lunares que descubrir y sin constelaciones que dibujar en tu espalda. No quiero saber lo que vas a desayunar cada mañana, ni conocer el beso de cada noche. No quiero conocer todas las letras de todas las palabras de todas las frases para hablar de amor.

No quiero acostumbrarme nunca a tu cuerpo. No quiero la comodidad de saberte de memoria, de predecir cada respuesta y conocer cómo vas a poner tu mano en mi cintura. No quiero acostumbrarme a tu boca, a tu forma, a tu calor. No quiero nunca dejar de conocerte y descubrirte. No quiero acostumbrarme a tu olor. No quiero que se funda con el mío, que deje de ser el tuyo, que no me haga delirar.

No quiero acostumbrarme nunca a tu roce. No quiero saberme todos tus gestos, ni saber qué pie sigue para dar el paso. No quiero dejar de sonreír al encontrar tu cuerpo en mi cama a media noche, ni al sentir el beso adormecido que me busca en la almohada. No quiero dejar de temblar con tu abrazo, ni de vibrar entre tus manos. No quiero acostumbrarme a la felicidad de tenerte cerca, ni a la fuerza, ni a la paz que me da tu pecho.

No quiero acostumbrarme nunca al amor. A este amor. A tanto amor.

24 de julio de 2014

Me todo

Me arma, me desarma y me vuelve a armar.
Me sacude, me eleva, me abre y me ensancha.
Me rompe, me besa, me ata y me envuelve.

Me retuerce, me da vuelta, me cuelga y me revive.
Me encierra, me enciende, me mece y me fuego.
Me marea, me agranda, me revuelve y me mata.

Me busca, me suelta, me empuja y me impulsa.
Me respira, me vive, me puede y me huracán.
Me incendia, me derrite, me sacude y me llueve.

Me sube, me baja, me silba y me mar.
Me ilumina, me calienta, me sabe y me toma.
Me sí, me no, me sí sí sí.

Me más, me siempre, me mucho.
Me sol, me luz, me amor.

Mi amor. 

6 de julio de 2014

Una despedida con flores

La antepenúltima vez que la vi estaba radiante, llena de luz y sonrisas. Su humor había mejorado y tenía ganas de contarnos por enésima vez de su viaje a Europa. Cenó con hambre, habló de flores, preguntó si el cielo estaba despejado, y me agarró fuerte de la mano. No nos dejaba ir. Los ojitos le brillaban, los enfocaba en cada uno con detenimiento y nos agradecía. Yo me senté cerca y le dije cuánto la quiero. Ella sonreía, pedía que le cambien el canal de la televisión y nos decía que nos abriguemos. Ella tosía y seguía hablando como si nada, tomaba agua y sonreía. Sonreía con ganas y con el alma desnuda, inundada de amor y agradecimiento.

La penúltima vez que la vi estaba desinflada, como un globo que lleva varios días en el  rincón de una habitación. Respiraba con dificultad, el pecho blanco y ajado, cansado de tanto subir y bajar, hacer fuerza, aferrarse. Estaba agitada, con una expresión de preocupación y cansancio. Estaba muy flaca, dormida e inquieta. No me vio. Yo le di mi mano. Le acaricié el brazo desnudo. La tapé por si tenía frío, y le dejé la cena cerca. No pude ver sus ojos, pero su cuerpo me dijo que ya estaba cansada de pelear y resistir.

La última vez que la vi estaba en paz. Su expresión ya relajada, su cuerpo sin dolor y ella rodeada de flores de colores y sonrisas con cariño. Ella se iba caminando despacio, descalza bajo el sol, diciendo algo de cómo el calorcito empieza a llegar en primavera. Se iba sonriendo con los ojos chiquitos, con su campera marrón y su pelo impecable. Se iba mirando las flores de las plantas que más le gustan, asombrada por la altura de una palmera, y tomando helado de vainilla en cucurucho.

29 de mayo de 2014

Esquemas

Él se levanta todas las mañanas a la misma hora, hace sonar todos los huesos de los dedos, se ducha, se pone la camisa, se ata los cordones y desayuna siempre café con tostadas. Él deja las llaves en el mismo estante, sabe a cuántas cuadras exactas está su oficina, cuántos semáforos debe atravesar y cuánto demora cada uno en ponerse en verde. Sabe la cantidad de lapiceras que tiene en su lapicero, nunca le falta azúcar a la azucarera y enciende las luces siempre en el mismo orden. Empieza a subir las escaleras siempre con el mismo pie, cruza las calles por las esquinas y la billetera va en el bolsillo izquierdo. Los libros están ordenados alfabéticamente, los platos coinciden con los dibujos del mantel, las cajas tienen etiquetas blancas que indican su contenido, y él siempre se da cuenta cuando alguien le cambia algo de lugar.

Pero hay una sola cosa que todavía no ha podido ordenar ni catalogar: su corazón. En él suceden  batallas, caen bombas, erupcionan volcanes, y nada nunca lo satisface. Cuando todo está en movimiento él quiere paz, y cuando hay calma, él quiere acción. No conoce los compartimentos de su corazón, ni sus reacciones, ni el dolor.

Hasta que llega ella, una señorita que viene a desordenarle todos los estantes, a cambiarle de lugar las tazas y derramar café sobre el mantel. Ella deja  las pantuflas en el pasillo, aprieta el pomo del dentífrico desde el medio, se olvida el horno prendido y deja quemar las tostadas. Pero viene a ordenarle el corazón cachuzo y agitado. Viene soplando vientos, a calmar los miedos y embellecer la casa.

15 de mayo de 2014

Ver llorar

Una vez la vi llorar. Con la primera lágrima desarmó mi pecho. Me desintegré en un montón de pedacitos delante suyo. Me arrastré por el suelo con la poca fuerza que me quedaba y le ofrecí mi mano. Traté de hacerme grande, de envolverla en un abrazo, pero sentí que nada era suficiente para abrazar aquella pena. Quise guardarla en el huequito que forman mis manos, quise abrigarla, cuidarla, sanarla. Pero el alma ya estaba desparramada.

9 de mayo de 2014

Uno. Dos.

Una que llega para abrir el camino, o empezar el que ya se había abierto. Uno que llega a recorrer ese camino. Una que tantea el terreno, que pisa insegura, que deja huellas en el suelo. Uno de ojos más seguros y dedos más afilados. Mismos miedos. Mismos huesos. Misma piel. Más fuerza. Más talento. Más velocidad. Una que es uno. Uno que es una. Dos manos. Un abrazo. Una línea. El mismo color. Un hilo. Un espacio. Dos cuerpos. Uno. ¿Dos?

23 de abril de 2014

Los días del amor

Estos son los días del amor. Nos tienen prendidas, de ojos bien abiertos y atentos al detalle de la pluma que gira con el viento. Nos tienen atadas de pies y manos, una con la otra, como una cadena que no nos suelta, pero con la fragilidad de un par de alas y un soplido.

Estos son los días del valor y la valentía. Aquí es donde lloramos todas las lágrimas, las mezclamos con sonrisas y nos llenamos de promesas. No se puede dormir de tanto amor por dar. Y después de darlo todo, de estrujarnos hasta la última caricia que no queremos dejar ir, caemos en un sueño profundo de besos y luces, de casas y costas. Se duerme porque hay un abrazo que envuelve a todo el universo. Que nos calma.

Son los días y las noches del amor. De los mares y los incendios en una misma alma, al mismo tiempo y sin pedir perdón. Desgarrarnos las pieles de tanto amor no necesita un perdón. Rompernos las bocas, las manos y el abrazo. Para bien, siempre para bien.

No sé cada cuánto vienen, ni sé cuánto duran, pero sé que me estrujan y sacuden el corazón y después me lo dejan secándose al sol. Que el sol me lo trae de nuevo, más grande y más fuerte, con las promesas intactas y las ganas de amar multiplicadas. Son los días de renovarnos, de volver a elegirnos, de no soltarnos las manos.

Estos son los días del amor, del todo, de la vida y del calor. De volver a nacer. En el huequito que hacemos entre nuestras manos. En las sábanas que siempre quedan destendidas. En el café con leche de cada mañana.

11 de marzo de 2014

Parte de mi casa

Llega a mi casa cantando mi nombre al ritmo de alguna canción que muy bien conocemos. Llega con calor y llega con sonrisas. Se saca las zapatillas, me roba un par de ojotas y acaricia al gato hasta hacerlo ronronear. Prende un sahumerio, y me llena la casa de flores. Abre las ventanas, deja entrar el sol, abre la heladera y deja correr el agua. Sabe dónde están los vasos y dónde escondo los chocolates. Los abre, los parte, me convida, come conmigo y promete reponerlos, pero yo siempre vuelvo a comprar para estar lista para su próxima visita. Saca mi guitarra y me impregna las paredes con sus melodías. Me deja llorar en su hombro y después siempre sabe hacerme reír. Ya es parte de mi casa, y se la conoce casi tan de memoria como yo. Esta casa que es chiquita, fácil de recordar y rápida de recorrer, pero tan llena de amor y colores, que se nos rebalsan las flores por las ventanas y nos crecen los brillos como enredaderas que caen desde el balcón.

4 de marzo de 2014

Ganas de vivir

Me da ganas de vivir. Busco algo que tengo muy adentro y no entiendo bien qué o por qué, pero lo busco. Y tiene su forma, de eso estoy segura. Me llena de fuerza, la acumula de a pedacitos chiquititos, la junta de a poquito y cada vez son más partecitas, y de repente es una fuerza enorme que está dispuesta a llevarse puesto todo para lograr lo que busca. Y ya no le importa nada, porque si es lo que tanto buscó, extrañó y esperó, y ahora está a la vista, está al alcance de la mano, no le importa nada más que dar el salto y atraparlo. Caer como sea, de pie, de rodillas, o de cabeza, pero agarrarlo aunque sea con la punta de los dedos. Atrapar el pedacito de cielo, la luciérnaga más luminosa, la mirada que hace el puente. Atraparla y acercarla al alma. Sentir su olor, el ritmo de la respiración, la suavidad de su piel. Apretarla contra el pecho, sumergirla en el mar propio, impulsarla con el viento. Juntar la fuerza para dar el salto de una vez, y que ya nada más importe. Dar el salto que haga crecer las alas otra vez y volar. Volver. Volver a volar, a planear, a vivir. Volver a la luz, al amor, a vos.

16 de febrero de 2014

Tengo un amor

Tengo algunos dolores ya casi perdidos en calendarios viejos, escondidos en el fondo de un cajón y aplastados bajo el colchón. Tengo recuerdos, luciérnagas y caracoles bien guardados en frasquitos etiquetados. Tengo historias, risas y algunas lágrimas latiendo entre las páginas de mis libros. Tengo amigos, tengo un gato y tengo una bicicleta. Tengo sorpresas esperando, tengo muchos besos por dar y algunas lágrimas por llorar. Tengo hojas llenas de garabatos y unas manos que quieren acariciar.

Y tengo un amor enredado en mi pelo, atado, enlazado, que me baja envolviéndome todo el cuerpo. Tengo un amor que nunca me deja sola, que camina a mi lado y me presta su bolsillo cuando mi mano tiene frío. Es un amor que me rodea el cuello, me da varias vueltas, me enreda en abrazos y me desenreda los nudos del alma. Viene conmigo, tiene reservado un asiento en mi bici y otro en mi mochila, para que elija desde dónde le gusta más el paisaje. Tiene luz propia, aire y unos pulmones muy valientes.

Tengo un amor plantado en mi pupila y cómodamente sentado en la comisura de mis labios. Lo riego, le hablo, lo miro. Lo miro aunque ya me lo sepa de memoria. Lo miro de punta a punta y le digo cuánta falta me hace. Y lloro con el pecho desnudo, con el corazón en la mano, y le digo gracias por el amor.

10 de febrero de 2014

Un olor de lunes por la mañana

Mi día empezaba aburrido. Mi semana empezaba con una mañana de lunes monótono, como tantos otros. Empezaba sobre un colectivo lleno de gente, cuando las temperaturas empiezan a subir y empezamos a abrir las ventanas de a una, de a poquito. Caras desconocidas, inexpresivas, como buen lunes por la mañana. El asiento al lado del mío se desocupó y se ubicó esa señorita que te traería de vuelta. Apenas se ubicó te sentí, era tu olor, eras vos en otro cuerpo, a mi lado otra vez. Cerré mis ojos, y te imaginé abriendo los tuyos, despertando después de pocas horas de sueño, pero con el sol ya alto. Tal vez eras vos a mi lado y yo, distraída no te reconocí. Abrí los ojos con una mezcla de miedo y esperanza. No eras vos, era una chica con cartera marrón y camisa blanca. Exhalé el aire que me quedaba y me concentré en el lapacho de flores amarillas. Primavera otra vez, por fin. Ya volvían los calores, la gente vestida liviana, el helado de limón. Y de repente otra ráfaga de tu olor fue lo que volvió. El verano tucumano de 40 grados afuera, pero nuestros cuerpos tan cerca. Era el olor a la plaza florecida, al tiempo escapándose por un hueco, a un volantín agitándose emocionado. Olor a tierra mojada, a lluvia de verano, a luciérnagas en el pecho.

29 de enero de 2014

Noches y noches

Hay noches cansadas, noches de almohadas, de libros, de ventilador y de pesadillas. Hay noches de los sueños más hermosos, esos de los que una no se quiere despertar. Hay noches cortas, noches infinitas, otras de llantos y otras de besos. También hay noches agitadas, de versos, de vueltas, de preguntas, de culpas. Hay noches de sí, noches de no, de amor y de ahogo. Hay noches de luna llena, noches como días, noches que sorprenden, y noches irrepetibles. También hay noches felices llenas de sonrisas y plenitud y noches que desgarran el pecho con la pena más grande.

Y también hay noches como ésta. Noches que no me sueltan, que no me dejan aflojar el cuerpo y me exigen más. Noches que me despiertan constantemente, que me llenan de planes y de ideas. Noches en que podría salir a correr, limpiar toda la casa, o leer un libro entero. Son noches de días llenos de estímulos y colores, de una cabeza imparable. Son noches de insomnio, sin tantas emociones, ni alegrías, ni tristezas, pero insomne igual. Noches de luces y sonidos. De poca concentración y mucha energía. Noches de insomnio que me atrapan desde hace años, y no quieren soltarme.

26 de enero de 2014

Yo no sabía

Yo no sabía del calor de su piel,
ni de su abrazo en invierno,
ni de todo lo que se incendia.

Jamás imaginé ese hombro desnudo,
ese brillo al sol, ese cielo,
ese mar.

Yo no sabía del temblor en las manos,
ni de la luz en plena noche,
ni de la paz en el centro y adentro.

No conocía esa luna, ni esa fuerza,
ese puño, ese ombligo,
ese pulso.

Yo no sabía del tobogán en sus manos,
ni del impulso ciego y enamorado,
ni de la noche pidiendo revancha.

Jamás pensé en el hueco, ni en el eco,
esa boca, esa nube,
esa costa.

Yo no sabía del color de su pecho,
ni del viento que la eleva,
ni del roce que la quiebra.

Yo no sabía de ese amor,
ese beso, ese vuelo,
esa ternura.

Yo nada sabía.

13 de enero de 2014

Domingos en Barrio Sur

Me gustan los domingos porque la tarde siempre es nuestra. Después de empanzarnos de familia y aturdirnos de comida, volvemos al barrio, y volvemos a vernos. Nos reconocemos siempre en la misma esquina, nos sonreímos y mantenemos la mirada hasta estar cerca y saludarnos con un beso.

Nuestro recorrido empieza siempre hacia el mismo lado y a un ritmo pausado, pero con voces y corazones acelerados. Nos ponemos al tanto, nos miramos de reojo y sonreímos mostrando los dientes. Nos adueñamos del tan querido Barrio Sur. Esquivamos los pozos y las baldosas sueltas que ya conocemos de memoria, nos acercamos a la ventana de la gatita blanca y buscamos el hocico del perro bajo el portón.

Después, según el día, empezamos a variar el camino. A veces hay feria con banderines de colores, rulos al viento y gente bailando. Caminamos entre ellos, nos gustan sus movimientos, nos gusta su música. Miramos los puestitos de artesanías sin detenernos mucho y nos reímos de algún perro salchicha.

Otras veces vamos a la plaza sin feria, con niños que andan en bicicleta y niños que saltan y juegan en los chorros de agua a contraluz. Buscamos al achilatero, compramos una, y con las lenguas coloradas nos reímos a carcajadas sentadas en la escalinata.

A veces caminamos por todas las veredas sin detenernos en ninguna. Vamos acordándonos en cuál esquina nos dimos un beso, en cual nos despedimos, y en cuál casi morimos de los nervios. Otras veces nos detenemos en la heladería, y con sabor a dulce de leche nos decimos cuánto nos queremos.

Me gustan los domingos porque la tarde y el barrio son siempre nuestros. Porque hay niños, hay bicicletas y hay helado. Porque el tren no pasa y yo puedo pararme en el medio de las vías y mirar hacia los dos lados todo el tiempo que quiera. Me gustan los domingos porque compartimos los últimos rayos del sol que tiñen a la ciudad de color naranja. Me gusta cuando ha llovido porque los charcos reflejan los árboles, y los adoquines que todavía quedan, hacen brillar las calles. También me gusta mostrarle el cielo: el naranja, el azul, la luna que ya apareció y la nube con forma de barco.

Me gustan los domingos porque caminamos de la mano, porque sonreímos, y nos reencontramos. Me gusta pasar las tardes de domingo en nuestro Barrio Sur. Y me gusta compartirlo todo con ella.

15 de diciembre de 2013

Ay, mi Tucumán querido

Afuera está la ciudad. Mi ciudad. Pero hoy no la reconozco. Es tierra de nadie, o mejor dicho, del que tenga el arma más grande, del que genere más miedo, del que corra más rápido, o del que haga más disparos certeros.

Ésta no es mi ciudad. Éste es un pueblo fantasma, todo pintado de gris. Hoy nadie camina por las calles. Hoy el silencio atraviesa todas las veredas y sólo lo quiebra el sonido del terror: sirenas, gritos, bocinas, tiros.

Hoy mi ciudad está derramando sangre en muchas esquinas y llorando de dolor en un montón de hogares. Hay niños que no entienden, que no deberían estar viendo, ni con palos en sus manos, ni corriendo por sus vidas. Hay gente perdiéndolo todo, en sólo minutos. Hay mujeres llorando cada segundo que pasa y preguntándose por el marido que todavía no llega a casa.

Hoy mi ciudad escupe fuego, sangre y gritos. Hoy nos rodea la bronca, la injusticia, la indignación, el dolor. Hoy algunos corremos para que no nos alcancen, nos escondemos tras una pared para evitar el balazo, cerramos todo y nos asomamos al balcón con miedo. Hoy otros defienden lo propio con uñas y dientes. Hay tanta violencia en el aire. Hoy a nadie le importa más nadie. Hoy las vidas no valen. El trabajo no vale. Toda esta tristeza no vale.


En mi ciudad hay sol y los canteros tienen flores. En mi ciudad los niños juegan a la pelota en la plaza mientras los grandes toman mate en algún banco. Se camina mirando las nubes, se silban canciones, se toma helado de frutilla. En mi ciudad se anda en bicicleta y en patineta. Se camina a trabajar, entra el calor por las ventanas y se escuchan pajaritos cantar.

Ésa es mi ciudad. Pero al parecer, ésta de hoy, que no logro reconocer, también lo es. Este manojo de locura y desesperación salpicando sangre y plomo por las veredas, inundando todo de dolor.

Ay, mi Tucumán querido, cómo me dolés.

Me duele sentir este miedo. Me arde cada lágrima que lloro, y que veo llorar. Me duele lo que ese niño está viendo. Me duelen tantas rejas. Me duelen tantas armas. Me duele tanta desesperación. Tengo miedo. Tengo mucho miedo.

No me queda otra. Yo también me tengo que esconder. Cerrar las ventanas y hacer de cuenta que no escucho lo que hay afuera. Buscar algo para hacer y rogar que a mi puerta no la elijan. Esperar. Tratar de dormir. Tomar otro vaso de agua. Esperar. Tratar de leer algo. Cambiar de posición. Esperar. Y así, una noche entera. Y así el día siguiente. Y así otra noche más.

10/12/13 - Tucumán, Argentina. 

25 de noviembre de 2013

Certeza

La última vez, yo ya lo supe. En ese último abrazo que tenía que durar y acompañar, yo me di cuenta de todo esto que ya nos unía. Supe del amor, de todo lo grande, y de la fuerza de un abrazo. En esa última mirada, antes de darme la vuelta, encontré todo el brillo de sus ojos y sus años condensados. Me guardé  su voz, me guardé su olor, y me robé una sonrisa. Una de esas que contagian, que endulzan el café y suenan fuerte en los oídos. En ese momento supe que su mano ya era mía y el centro de mi pecho tenía su nombre. Supe que todo era incontrolable, como las mareas y las lunas. Y era tanto que ya no entraba en este par de manos. Ni en ese.

Y así me fui, con sus ojos en mi retina, con su voz en mi sien y su olor pegado al cuello. Me fui envuelta en brillos y promesas de extrañarnos. Me fui con el pecho claro y los latidos apurados. No me acuerdo bien a dónde me fui, pero sé que en esa despedida, nuestras manos ya estaban completamente entrelazadas y su pecho tenía mi forma.

11 de noviembre de 2013

El fruto del árbol

El sol empieza a asomarse y la ciudad se ilumina. Sube la temperatura, y yo me acerco a su cuerpo. La abrazo con fuerza, la traigo hacia mí. Se eleva el viento que hace temblar las ramas. Nos tiemblan los brazos. Creció el árbol más alto, se mece con fuerza. Se mece su pelo, se despeina, la despeino. Las raíces están agarradas a la tierra con todas sus uñas. Aprietan con fuerza. Se enredan, se entierran, se envuelven, se confunden, se mezclan, se hunden. Crece la fruta, del rojo más brillante. Crece, crece, crece. Aprieta los dientes y salta al vacío. Suelta la rama y cae. Rueda por el aire. Rodamos por la cama. Vuela entre las hojas. Volamos entre sábanas. Gira. El viento. Gira. La humedad. Gira. Un grito. Gira. El calor. Cae con una explosión. Estalla contra el suelo y nos salpica con su pulpa. Nos envuelve con su olor, nos impregna su dulzor. Ya todos coloreados, el viento vuelve despacito a su lugar.

Las ramas se aquietan, los músculos se duermen, las raíces se aflojan.

Las flores se cierran ante la noche.