6 de julio de 2014

Una despedida con flores

La antepenúltima vez que la vi estaba radiante, llena de luz y sonrisas. Su humor había mejorado y tenía ganas de contarnos por enésima vez de su viaje a Europa. Cenó con hambre, habló de flores, preguntó si el cielo estaba despejado, y me agarró fuerte de la mano. No nos dejaba ir. Los ojitos le brillaban, los enfocaba en cada uno con detenimiento y nos agradecía. Yo me senté cerca y le dije cuánto la quiero. Ella sonreía, pedía que le cambien el canal de la televisión y nos decía que nos abriguemos. Ella tosía y seguía hablando como si nada, tomaba agua y sonreía. Sonreía con ganas y con el alma desnuda, inundada de amor y agradecimiento.

La penúltima vez que la vi estaba desinflada, como un globo que lleva varios días en el  rincón de una habitación. Respiraba con dificultad, el pecho blanco y ajado, cansado de tanto subir y bajar, hacer fuerza, aferrarse. Estaba agitada, con una expresión de preocupación y cansancio. Estaba muy flaca, dormida e inquieta. No me vio. Yo le di mi mano. Le acaricié el brazo desnudo. La tapé por si tenía frío, y le dejé la cena cerca. No pude ver sus ojos, pero su cuerpo me dijo que ya estaba cansada de pelear y resistir.

La última vez que la vi estaba en paz. Su expresión ya relajada, su cuerpo sin dolor y ella rodeada de flores de colores y sonrisas con cariño. Ella se iba caminando despacio, descalza bajo el sol, diciendo algo de cómo el calorcito empieza a llegar en primavera. Se iba sonriendo con los ojos chiquitos, con su campera marrón y su pelo impecable. Se iba mirando las flores de las plantas que más le gustan, asombrada por la altura de una palmera, y tomando helado de vainilla en cucurucho.

29 de mayo de 2014

Esquemas

Él se levanta todas las mañanas a la misma hora, hace sonar todos los huesos de los dedos, se ducha, se pone la camisa, se ata los cordones y desayuna siempre café con tostadas. Él deja las llaves en el mismo estante, sabe a cuántas cuadras exactas está su oficina, cuántos semáforos debe atravesar y cuánto demora cada uno en ponerse en verde. Sabe la cantidad de lapiceras que tiene en su lapicero, nunca le falta azúcar a la azucarera y enciende las luces siempre en el mismo orden. Empieza a subir las escaleras siempre con el mismo pie, cruza las calles por las esquinas y la billetera va en el bolsillo izquierdo. Los libros están ordenados alfabéticamente, los platos coinciden con los dibujos del mantel, las cajas tienen etiquetas blancas que indican su contenido, y él siempre se da cuenta cuando alguien le cambia algo de lugar.

Pero hay una sola cosa que todavía no ha podido ordenar ni catalogar: su corazón. En él suceden  batallas, caen bombas, erupcionan volcanes, y nada nunca lo satisface. Cuando todo está en movimiento él quiere paz, y cuando hay calma, él quiere acción. No conoce los compartimentos de su corazón, ni sus reacciones, ni el dolor.

Hasta que llega ella, una señorita que viene a desordenarle todos los estantes, a cambiarle de lugar las tazas y derramar café sobre el mantel. Ella deja  las pantuflas en el pasillo, aprieta el pomo del dentífrico desde el medio, se olvida el horno prendido y deja quemar las tostadas. Pero viene a ordenarle el corazón cachuzo y agitado. Viene soplando vientos, a calmar los miedos y embellecer la casa.

15 de mayo de 2014

Ver llorar

Una vez la vi llorar. Con la primera lágrima desarmó mi pecho. Me desintegré en un montón de pedacitos delante suyo. Me arrastré por el suelo con la poca fuerza que me quedaba y le ofrecí mi mano. Traté de hacerme grande, de envolverla en un abrazo, pero sentí que nada era suficiente para abrazar aquella pena. Quise guardarla en el huequito que forman mis manos, quise abrigarla, cuidarla, sanarla. Pero el alma ya estaba desparramada.

9 de mayo de 2014

Uno. Dos.

Una que llega para abrir el camino, o empezar el que ya se había abierto. Uno que llega a recorrer ese camino. Una que tantea el terreno, que pisa insegura, que deja huellas en el suelo. Uno de ojos más seguros y dedos más afilados. Mismos miedos. Mismos huesos. Misma piel. Más fuerza. Más talento. Más velocidad. Una que es uno. Uno que es una. Dos manos. Un abrazo. Una línea. El mismo color. Un hilo. Un espacio. Dos cuerpos. Uno. ¿Dos?

23 de abril de 2014

Los días del amor

Estos son los días del amor. Nos tienen prendidas, de ojos bien abiertos y atentos al detalle de la pluma que gira con el viento. Nos tienen atadas de pies y manos, una con la otra, como una cadena que no nos suelta, pero con la fragilidad de un par de alas y un soplido.

Estos son los días del valor y la valentía. Aquí es donde lloramos todas las lágrimas, las mezclamos con sonrisas y nos llenamos de promesas. No se puede dormir de tanto amor por dar. Y después de darlo todo, de estrujarnos hasta la última caricia que no queremos dejar ir, caemos en un sueño profundo de besos y luces, de casas y costas. Se duerme porque hay un abrazo que envuelve a todo el universo. Que nos calma.

Son los días y las noches del amor. De los mares y los incendios en una misma alma, al mismo tiempo y sin pedir perdón. Desgarrarnos las pieles de tanto amor no necesita un perdón. Rompernos las bocas, las manos y el abrazo. Para bien, siempre para bien.

No sé cada cuánto vienen, ni sé cuánto duran, pero sé que me estrujan y sacuden el corazón y después me lo dejan secándose al sol. Que el sol me lo trae de nuevo, más grande y más fuerte, con las promesas intactas y las ganas de amar multiplicadas. Son los días de renovarnos, de volver a elegirnos, de no soltarnos las manos.

Estos son los días del amor, del todo, de la vida y del calor. De volver a nacer. En el huequito que hacemos entre nuestras manos. En las sábanas que siempre quedan destendidas. En el café con leche de cada mañana.