No quiero acostumbrarme nunca a tu presencia. No quiero que
no haya más sorpresas, ni más carcajadas, ni más historias por contarnos. No
quiero quedarme sin lunares que descubrir y sin constelaciones que dibujar en
tu espalda. No quiero saber lo que vas a desayunar cada mañana, ni conocer el beso
de cada noche. No quiero conocer todas las letras de todas las palabras de
todas las frases para hablar de amor.
No quiero acostumbrarme nunca a tu cuerpo. No quiero la
comodidad de saberte de memoria, de predecir cada respuesta y conocer cómo vas
a poner tu mano en mi cintura. No quiero acostumbrarme a tu boca, a tu forma, a
tu calor. No quiero nunca dejar de conocerte y descubrirte. No quiero
acostumbrarme a tu olor. No quiero que se funda con el mío, que deje de ser el
tuyo, que no me haga delirar.
No quiero acostumbrarme nunca a tu roce. No quiero saberme
todos tus gestos, ni saber qué pie sigue para dar el paso. No quiero dejar de sonreír
al encontrar tu cuerpo en mi cama a media noche, ni al sentir el beso
adormecido que me busca en la almohada. No quiero dejar de temblar con tu
abrazo, ni de vibrar entre tus manos. No quiero acostumbrarme a la felicidad de
tenerte cerca, ni a la fuerza, ni a la paz que me da tu pecho.
No quiero acostumbrarme nunca al amor. A este amor. A tanto
amor.