6 jul. 2014

Una despedida con flores

La antepenúltima vez que la vi estaba radiante, llena de luz y sonrisas. Su humor había mejorado y tenía ganas de contarnos por enésima vez de su viaje a Europa. Cenó con hambre, habló de flores, preguntó si el cielo estaba despejado, y me agarró fuerte de la mano. No nos dejaba ir. Los ojitos le brillaban, los enfocaba en cada uno con detenimiento y nos agradecía. Yo me senté cerca y le dije cuánto la quiero. Ella sonreía, pedía que le cambien el canal de la televisión y nos decía que nos abriguemos. Ella tosía y seguía hablando como si nada, tomaba agua y sonreía. Sonreía con ganas y con el alma desnuda, inundada de amor y agradecimiento.

La penúltima vez que la vi estaba desinflada, como un globo que lleva varios días en el  rincón de una habitación. Respiraba con dificultad, el pecho blanco y ajado, cansado de tanto subir y bajar, hacer fuerza, aferrarse. Estaba agitada, con una expresión de preocupación y cansancio. Estaba muy flaca, dormida e inquieta. No me vio. Yo le di mi mano. Le acaricié el brazo desnudo. La tapé por si tenía frío, y le dejé la cena cerca. No pude ver sus ojos, pero su cuerpo me dijo que ya estaba cansada de pelear y resistir.

La última vez que la vi estaba en paz. Su expresión ya relajada, su cuerpo sin dolor y ella rodeada de flores de colores y sonrisas con cariño. Ella se iba caminando despacio, descalza bajo el sol, diciendo algo de cómo el calorcito empieza a llegar en primavera. Se iba sonriendo con los ojos chiquitos, con su campera marrón y su pelo impecable. Se iba mirando las flores de las plantas que más le gustan, asombrada por la altura de una palmera, y tomando helado de vainilla en cucurucho.

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